domingo, 18 de septiembre de 2011

Capítulo 5

No puede ser. Todo esto no puede estar pasando.
Salgo del lugar al que yo llamo “mi hogar” porque ahora es el último sitio en el que deseo estar. Ando con la cabeza gacha y un paso acelerado, aunque sin llegar a correr.
Todavía en la puerta de mi casa, choco con alguien. Levanto el rostro y los veo ahí, delante de mí. Los dos sonríen, pero la sonrisa del chico se desvanece nada más verme. Es él, es Eric. Entonces, no puedo evitarlo y, noto cómo de mis ojos manan lágrimas en forma de gotas y recorren mis mejillas hasta llegar al cuello. Me percato de que mi hermano y Max están presenciando la escena desde la entrada de casa.

Ahora sí, comienzo a correr. 
Corro durante unos minutos, quizá horas; solo pienso en correr, en huir de esa escena que ha producido tanto dolor en mí.

Paso por una de las calles principales de mi ciudad, y es por eso que, tanto la acera como el asfalto están abarrotadas de gente, automóviles y demás vehículos de transporte. A pesar del bullicio y de la multitud no ceso de correr. Incluso creo que debido a eso he chocado con alguien, porque repentinamente he sentido un golpe en mi hombro izquierdo y se escuchan algunos gritos de fondo. Sigo corriendo.
Casi a las afueras de la ciudad, veo un parque solitario y decido entrar en él. Lo llamo parque, pero yo diría que es como una especie de descampado; ya que, no es demasiado grande, hay algunos bancos, varios árboles y, en el centro, una fuente, aunque está vacía. A pesar del estado en el que se encuentra, pienso que, en su día, sería un parque bonito y lleno de vida.
Sigo caminando por él buscando un asiento en el que acomodarme. En un lado del parque veo un banco y me dirijo a él. Me dispongo a sentarme cuando veo una jeringuilla y algunas agujas encima de éste.
-Parece que la gente le da otro tipo de función a este parque –pienso.

Entonces levanto la vista y veo una de las cosas más bellas que he visto jamás. Detrás del banco hay una baranda negra a la altura del vientre, y tras ésta, la playa. Está anocheciendo, pero el cielo permanece anaranjado y el sol está escondiéndose tras el mar. Las gaviotas aún pían y el agua marina brilla como nunca. Al ver esta escena me olvido de todas mis preocupaciones, incluso del motivo que me ha traído hasta aquí.
Este lugar me gusta, y como sé que me voy a quedar aquí un buen rato, apoyo mis codos en la barandilla. Necesito recapacitar sobre lo ocurrido.
-Diana, ¿eres tú? –oigo cómo me llaman desde el otro lado del parque, pero como es tan pequeño se escucha perfectamente.
No me giro, ni tampoco contesto; porque sé que si lo hiciera me encontraría a Eric y eso es lo que intento evitar.

-Diana –dice mientras se acerca corriendo y se coloca a mi lado-. Todos estamos muy preocupados, ¿qué haces aquí? –Espera  mi respuesta, pero permanezco callada.- Ahora ni siquiera me hablas… perfecto –dice con cierto tono de ironía.
Al ver que no reacciono a su llamada y que no tengo la intención de acompañarlo hasta casa, se inclina y, al igual que yo, apoya los codos en el barandal.
-No sé por qué, pero después de comprobar que no estabas en ninguna de las casas de tus amigas, me dirigí aquí. Digamos que mi sexto sentido me decía que te encontraría en este lugar.
Yo permanezco en silencio y mirando cómo, conforme va anocheciendo, va subiendo la marea.

-¿Sabes? Yo ya conocía este parque; a veces vengo aquí, al lugar más remoto y a la vez insignificante que pude encontrar en esta ciudad, a ordenar mis pensamientos y emociones. La única razón por la que vengo aquí es… -respira hondo.- El único motivo por el que necesito evadirme y olvidar la realidad son las peleas de mis padres. A veces comienzan a discutir, a gritos. Mi hermano y yo intentamos tranquilizarlos, pero es en vano. Es entonces cuando huimos de la simple idea de presenciar esa escena. Mi hermano se encierra en su cuarto y pone música al mayor volumen posible. Yo opto por salir y caminar, caminar mucho, hasta que vengo aquí. Después llego a casa, y están los tres sentados en la sala de estar, viendo una película o conversando como si no hubiera pasado nada. Como si no supieran el motivo de mi salida –extrae un pañuelo del bolsillo y se seca los restos de sus sollozos.- Como si todo siguiera igual de “bien” que siempre.

Yo continúo callada, aunque en momentos de debilidad me han dado ganas de abrazarle y darle ánimos. Permanezco inmóvil haciendo ver que su historia no me importa.
-Eres la primera persona a la que le he contado esto, y probablemente la última –se vuelve hacia mí.- Diana yo… -titubea- Diana, yo… lo siento.
-¡Diana! –oigo una voz femenina a mi espalda y me giro. Es Caitlin. Seguramente estuviera preocupada por mí y ha venido a buscarme.
Doy la espalda a Eric y corro en dirección a Caitlin. Mientras voy hasta el lugar donde se encuentra, noto que la mirada de Eric está posada en mí. Él quería hablar conmigo, pedirme perdón, y yo he salido corriendo. Supongo que el motivo por el que me pedía perdón era por no haberme dicho lo de esa chica que ya ocupaba su corazón. Su novia.

Pero ya es demasiado tarde para suplicar perdones que nunca llegarán. Nunca.
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